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Wednesday, September 16, 2009

Sin despertarse...

En la sala de redacción soplan vientos de este a oeste y voltean las palabras como lo hace la brisa con las hojas de mango. Se meten en esta caja todo el trauma político, laboral y social que, a veces, asoma alguna lágrima en las lagunas de las tres de la tarde. Afloran las contradicciones y resulta un confesatorio entre la pantalla y las voces que asaltan – una y otra vez –con la súplica de una ayuda, sin contemplación. Vienen los desaires de la mano extendida, del dinero que no dimos, del silencio que hicimos con la injusticia, del verbo no escrito, del error publicado, del grito que no hicimos sentir en el papel.


En esta sala hay un huracán de nostalgias, pasa el tiempo demasiado rápido con la partitura del teclado y cada hecho borra el otro demasiado pronto. No asimilamos, no da tiempo. Cada estación es un lugar para que acampen los políticos con sus campañas perdidas, los chismes de pasillo, los trabajadores pisoteados, el consultorio de las quejas estatales, un inmenso archivo de pliegos conflictivos que no llegan a tribunales. Acá duermen las calles rotas, las sonrisas de los niños, los paros, las comparsas, la sangre de los muertos, los malandros sueltos, las amenazas de cierre, la economía del papel, todo duerme en esta sala sin despertarse.

Tuesday, June 23, 2009

¡Y que me llamen intensa!



Los tiempos en Venezuela han cambiado. 10 años de revolución forzosa, por oposición al autoritarismo/ por temor al personalismo/ por la era que me tocó conocer, han dejado poco espacio para las crónicas en tercera persona y para las cartas. Cada día los hechos ceden menos espacios a otras disertaciones que no sean la vida política, las incidencias de las palabras en el colectivo, las repercusiones de las leyes sobre nuestras vidas, por eso, luego de mucho tiempo de llevar este espacio como un rincón en el que sentarse a comer flores y tomar té, este se ha remodelado naturalmente.

Recientemente puedo decir que soy periodista. Pero ese, como supongo sucede en muchos oficios, no se adquiere con el papel, ni con las entrevistas ni con las invitaciones a ruedas de prensa. Asaltan mil maneras para concebir el oficio, para comprender – con humildad - el objetivo de esta tarea que intenta multiplicar la voz limpia de una sociedad que continuamente grita.

Por eso he llegado al punto de estar en una profesión que no siento mía. La sociedad a la que pretendemos informar no nos eligió. Ejercemos un servicio con la única autoridad que nos da un contrato en una empresa de comunicación, quizás por eso la exposición del gremio sea mayor y la responsabilidad tácita pese en nuestros hombros, muchas veces con desconocimiento.

Ese hecho plantea un dilema cuando defender el oficio se trata. Pronto será impensable rasgarse las vestiduras para negar a otros la concesión de llamarse periodistas sin tener un título. Pronto, si el gremio no discute ni se cuestiona, seremos desplazados por locutores que tendrán mejor cualidad y representatividad en el acuario de nuestra audiencia.

No cabe duda que las circunstancias nos plantea una disyuntiva pragmática y estratégica sobre cómo defender el periodismo y a quienes pretendemos ejercer esta profesión. Hoy la revolución nos demanda “objetividad” (sabemos que detrás también persiguen callar las verdades incómodas) pero lo interesante de esa discusión promocionada por el Gobierno, es que ha calado en la audiencia con suficiente profundidad.

Plantear las fronteras de la objetividad no tiene sentido ya. Ese discurso y el querer colocarle nombre a la cualidad que debe prevalecer en los periodistas es una discusión estéril. Todos en el fondo sabemos que es el sentido de la justicia lo que nos mueve, la que mueve la aguja en el espacio y tratamiento que damos a cada acontecimiento.

Ese hecho no debe pasar desapercibido en ninguno de quienes pretendemos hacer periodismo. Hoy, cuando las patas que sostienen el periodismo están tan tambaleadas, son nuestros lectores los que se hacen preguntas que tienen poco espacio en las redacciones.

La “sociedad de la información” no es un mito, está creciendo al margen de las redacciones, con participaciones interesantes en cada rincón del ciberespacio de manera abrumadora. No nos sorprendamos, seremos prescindibles en poco tiempo si las redacciones continúan sin discusión, si no concedemos espacios para los defensores de los lectores, si no reconocemos nuestros errores antes de que otros los señalen.

Se acerca el día del periodista, nuevamente como desde hace unos años habrá poco que celebrar. ¿Desde hace cuánto tendríamos que habernos reservado la fiesta para la discusión?

Y sí, que me llamen intensa, pero en tiempos como estos no me consuela saber que prevaleceremos.

Wednesday, April 11, 2007


Foto: Pedro Da Silva
Una palabra

Estaban acorralados en los cuarteles de Guayana. Otros, sirviendo té en Mercal, vigilando en Guaiparo y Uyapar, cuidando las esquinas, meditando bajo las matas de mango - ¿Quién es mi Dios? -.


Al pito – alarma roja que excita – todos, cual amaestrados caninos arman filas con ojos saltones. Capucha, pistolita y muchas bombitas en la cintura. La mañana, se vislumbra divertida, los soldaditos de Cuartel de Core 8 se dirigen hacia Alta Vista. Y aunque lejos está, llegan pronto. Tan pronto, que toman a los viejitos, pensionados y enfermos ocupacionales por sorpresa. Una barrera a la derecha, otra a la izquierda, norte, sur, flanco cuadrado al perímetro de la CVG el 10 de abril de 2007.

Desde las ventanas las mujeres se asoman, alrededor hay cerca de 20 edificios con sus familia apostadas en los balcones, casi en primera fila si no fuera por el humo blanco. Humo que pronto llega al olfato, a los ojos, a los sentidos y enloquece. Se pierden del ensayo y error del cuerpo castrense, que de seguro, aprende a lanzar bombas lacrimógenas. El episodio no es más que una lección práctica de lo equívoco.

50 bombitas para unos cuantos viejitos. Error: hay cámaras, muchas cámaras de reporteros tratando de capturar la primicia. El mensaje directo a la psique es la destrucción de las pruebas, de su protagonismo cursi, ordinario e hiperbolizado de la situación – ya común en las adyacencias de la central estatal – en el campamento cotidiano de las quejas de cara al Estado. Pero hay que callar, hay que apresar y justificar la parodia de poca escena.

¡Qué viva! ¡Qué viva la calle con sus casquillos!


11 de abril + Agresiones a periodistas

Falto yo

Escribo retazos por todas partes, en uno, dos, tres cuadernos en todos falto yo el fuego de siempre, este largo suspiro que no...