Tuesday, May 30, 2006

Las moscas tienen fiesta en casa con el cáncer. Juegan, murmuran, desayunan, construyen historia, gritan y dibujan cosas en el aire. Es una parranda que sólo ellas disfrutan con la paz de los muertos. Ahora ellas, como centinelas del cuerpo ángeles negros de la desidia cómplices del cáncer, son cómplices nuestras también.


En casa hay silencio en suspenso desde que el agua nos comienza a llegar a los pies, quedan pistas por doquier de lo que no se hizo. Mi tía Chela dice que ésta es una enfermedad de los valientes y de los que sádicamente purifican su cuerpo. Lo cierto es que en donde nunca se estuvo se celebra lo que no hay, lo que nunca vimos.

Hay sombra en casa desde que tenemos visita sin avisar. Desde que a los vecinos les dio por hablar de lo que les duele y contar su historia. Somos dueños de la sombra desde que el pasado es más largo y desde que entendemos menos el presente. A veces, cuando entiendo más, son más años los que llevo encima.

No hay paz en casa desde que conozco la historia. Desde que el otro tiene nombre y las fronteras son más amplias. Por eso la paz murió cuando la indiferencia también lo hizo. ¿Quién puede ser feliz con el dolor de María?, quién es feliz devorándose.

Hay un vacío abierto desde que en la tumba cabemos todos.

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