Tuesday, October 17, 2006

V

Supongo que ahora me toca contar de los amores de “Isabelita” que aun después de que las canas invadieran, el diminutivo era el modo favorito de llamarle. En cierta parte porque nunca perdió los pucheros, ni los ojos de corderito, ni aquella complaciente manera de persuadir con las manos. La vejez siempre acentúa la profundidad en la mirada y las conductas retrogradas. El fin casi siempre es como el comienzo.

Isabelita llegó a la adolescencia prematuramente, a los 9 años ya soñaba con el hijo de la señora de los pastelitos y hablaba de los hombres con una propiedad sorprendente. En realidad poseía una memoria auditiva envidiable y se aprendía al pelo los discursos de Consuelo. A los 16 la moral fue un concepto vago. Ricardo siempre fue un amor platónico de 5 segundos. La relación duró 2 años hasta el día que Isabel decidió terminar con aquello, relación que Ricardo desconocía por completo.

Pronto pasó del platonismo a los ojos estrellados, a los estados meditabundos y desquiciantes de una adolescencia rosada, marcada por los restos de las historias novelescas que inventaba para Barbie y Ken. Eduardo fue distinto. La miraba con cautela cuidando no encontrar las miradas que siempre terminan delatando, pero pocas veces lo conseguía porque el 95 % del tiempo Isabel pasaba horas detallándolo en una clase de conjuro que había escuchado en Morichalito. La magia rezaba: “mírale la oreja, volteará y no fallará”. A su edad, el horóscopo y los embrujos tomaban mucho sentido en la ciudad.

Eduardo era un muchacho lento. Lento con todo. Con manos, labios, cabello y gestos pero desbordante en ternura. Un día Isabel se cansó de esperar y tal cual como vio en la televisión hizo lo que llaman una ofensiva exitosa. De inmediato abandonó las conductas pasivas para dedicarse a la persecución agresiva. Se apoderó de Eduardo con una pasión desbordante que sólo heredaron las mujeres del linaje de Consuelo.

Sin embargo, Eduardo no significó más que un diagnóstico, que años después, le daría un doctor de la cabeza de nombre extranjero. El médico le había dicho que lo ocurrido era algo llamado Complejo de Alicia, o Electra, o una mujer de esas y que para revertirlo tenía que trabajar un estilo de terapia novedoso de juegos con el cuerpo. Isabel, a sus 22 años, con tal de quitarse al trastorno de Alicia, o Electra, o una mujer de esas expondría al curandero lo que había aprendido con las manos.

Pasados 9 meses de salvajes terapias, el doctor, con el último suspiro de su miembro, la diagnosticó completamente curada.

3 comments:

  1. excelente amiga, creo q ya deseo ver publicado un libro tuyo.

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  2. Demasiado, bueno... Espero que venga una sexta parte; tienes talento amiga... Nos estamos leyendo, oye de vez en cuando pasa a visitarme :)

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  3. jochen van agathos2:48 PM

    tienes un talento que la mayoría sólo puede conformarse con soñar,dicho esto,olvídalo ahora mismo,además de periodista tú vas a ser una gran escritora,y con ambas facetas,y otras cuantas partícipes de tu personalidad, conseguirás ayudar e inspirar a muchas personas,yo voy a ver todo eso,como un espectador luminoso,de primera clase,desde aquí,vas a ser una superestrella,y yo veré como lo eres,sólo necesitas pulirte,trabajar,aprender,ilusionar,volar,soñar lo necesario,desear,intrigarte ,creer,todo está en tus manos,dentro de ti,en este mismo instante,asi que,al tajo,jaja,un saludo,mi pequeña y a la vez gran amiga,por cierto,mi adicción a la magia me convertirá en un gran lector de cartas del tarot ,jajaja,bueno y qué,jajaja,chao.

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