Wednesday, April 04, 2007

Estás allí. Hay alrededor de 200 personas a tu redonda. En realidad no estás, pero quieres estar. Algunos visten de morado, hay niños que lloran y piden que los alcen en brazos, otros se ríen y se toman fotos. No es el mejor paisaje de estas noches. El viento azota a un paso lento, - si es que se puede azotar lentamente - . El cielo no menoscaba en hacerse cada vez más gris mientras galopa la noche. Hay señoras que se quejan porque no escuchan el Padre Nuestro ni el Ave María. A los costados dos perros pelean, parece que se devoraran. Uno es blanco, como un lobo y el otro gris. Una niña grita “no lo mates por favor” desgarradoramente. Teme que el perro marrón mate, al que presumes, es el suyo, el blanco. Quizás lo intuyes porque es blanco, cosa de semiótica. Muere.

El recorrido es largo, extenso para ti, unos 5 kilómetros. Hay que tener cuidado con el asfalto, con los huecos, las irregularidades y las botellas rotas que atraviesan suelas. Desde los edificios la gente observa a La Dolorosa, a su paso, todo el escándalo de la noche parece apagarse. Un murmullo ensordecedor acompaña la procesión, un murmullo que no alienta. Da miedo. Las ramas secas de los árboles, típicas de esta época y su sequía, hacen sombras extrañas sobre la multitud. La Dolorosa se mece en los hombros de algunos, unos pocos que pagan promesas, y otros que van detrás pagando promesa en zapatos deportivos y un fashion vestido púrpura. ¿Por qué no se callan? – piensas.

La noche avanza y disminuye la gente. Cada vez son menos. Tú eres una burbuja en medio de la gente, ajena. Estás pero no estás. Así no lo recordabas. Así no querías que fuera. ¿Y si fueras tú la crucificada? Al aproximarse la esquina aparece el nazareno, viene en brazos de otra marea de feligreses que avanzan desde el este. Ustedes vienen desde el oeste. En un ritual, que pocos comprenden, se intercambian las imágenes y todos aplauden, es una ola que, o más bien una onda que se reproduce hasta la cola. Al final todos aplauden, y es el único movimiento sincronizado en todo el recorrido. No pueden avanzar muy rápido, ni muy lento. Te duelen las rodillas, apenas faltan cuadras.

Quieres triturar los vidrios, quién deja botellas en medio del camino. Descubres que el crujir del caminar son las botellas que todos pisan. Ya casi casi no se escucha a nadie cantar. Disminuye el paso y avanza, es impredecible. Los vendedores de pitos, velas y collares se mezclan entre ustedes, están desesperados por vender las barras de cera y los accesorios de feria que le quedan… En la punta, el nazareno, con la cruz de madera y las zanjas de pintura roja en el rostro. ¿Pagar por pecados? – te preguntas. Es el silencio, el nuevo silencio. Sólo te quedan deseos de callarte.

3 comments:

  1. A mí me dejaste MUDA con éste texto.
    Que bueno es! Que bien escribes!

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  2. Hermoso.

    Me hiciste recordar un cuentico muy breve de Julio Garmendia, El pequeño nazareno, creo que es el título. En ambos pasa igual: el feligrés casi termina por ser otro crucificado.

    Saludos por allá.

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