Tuesday, September 12, 2006

II

Era la época en que las perras de la cuadra estaban en celo y los perros aullaban exasperadamente. Abril era un mes sexual. Existía la creencia que mujer que copulara en esos días, aun menstruando, quedaba en cinta. Pero ante la abstinencia, algo había en el ambiente que: la lluvia, el calor, el retoño de las flores, absolutamente todo, era una excusa para tener sexo. Acto seguido, mayo se convertía en un mes donde las mujeres pasaban de las fiestas a la clandestinidad, y sobre todo, cuando la señora Esther mataba unos cuantos “tigritos”. Eran semanas en que la humedad abrillantaba los cuerpos y el paludismo, ayudado por doña Esther, era un asesino en serie.

Llegado diciembre los frutos de abril se hacían notar. La tía Carmen no hacía más que maldecir a aquel desdichado mes que la hacía parir por octava vez. Y aunque Esther muchas veces la visitó, y no precisamente para ver como crecía el feto, con Carmen nunca logró nada. Desde malta hasta aguardiente con ajo, mi tía no dejó de tomar.

Una noche maliciosa, a Roberto se le ocurrió nacer. Ese día cayó un chaparrón como hacía tiempo no se veía en Morichalito. Por un lado la tía lloraba - no se sabe si de pena o de gracia - y por otro el recién nacido sorprendía con unos cuantos bostezos. Todos se rieron de la gracia del nuevo Quijada. Con nueve años, y el recién llegado entre mis brazos yo anhelaba la maternidad. Pasados los años comprendí con Roberto, que hay hombres que de ser buenos pasan a ser pendejos.

Roberto tenía la soledad y agudeza de los gatos, sólo que éste, como algunos animales caseros, terminan flojos y panzones en las mecedoras de las casas. La agilidad y el salvajismo de la juventud, se le fueron consumiendo en las paredes de la tía Carmen y en la acera del abuelo pancho, donde todos los viernes se brindaba con ron por una causa anónima. Total que el indeseado Quijada, se convirtió en otro animal sonso, aunque buen mozo, que adornaba los chinchorros de las calles de Morichalito.

Cada quien hizo su vida. Con frecuencia nos veíamos en los sancochos que la tía Carmen organizaba los domingos por la mañana. Sin embargo, yo aun estando convencida de mi potencial como mujer y de lo grande que le quedaba, seguía idealizando en Roberto al marido que no tenía y a la vez, a uno de los tontos que habían pasado por mis sabanas.

Con mi primo aseguré que mi oficio era un designio divino. Lo llevaba desde mi infancia, desde aquellos días de abril en los que causalmente se celebraba mi cumpleaños. Era la única explicación que encontraba, para desear con las uñas a aquel patán que se rascaba la barriga y no decía palabra. Yo era una de las perras en celo que no obtuvieron lo suyo en aquel libidinoso mes. De eso estaba segura.

Un día lo encontré lanzado sobre el bar porque lo que se rumoraba ya había llegado a sus oídos. Su porte de macho cabrío se desvanecía con tan solo unas palabras, es que era analfabeto desde las horquetillas hasta las uñas de los pies. Yo no comprendía como aquel hombre se perdía entre la maleza de su estupidez. Aun así, con la lastima que sólo se le tiene a la familia, yo quería absurdamente estar con él.

Hace unos días llegó a mi puerta. Esa noche nos hicimos el favor. Descubrí en Roberto a aquel gato de mi adolescencia que creía perdido entre un matrimonio cornudo y unos cuantos kilos de silencio.

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